lunes, 17 de marzo de 2014

Tres preguntas

Fotografía tomada por Julen Asua | Shanghai | Marzo de 2014


Hace unos días, Felix Arranz se puso en contacto con nosotros en nombre de Scalae para que participásemos en una pequeña entrevista integrada únicamente por tres preguntas sobre transformaciones de principios, procesos y situaciones en experiencias internacionales. A continuación reproducimos integramente el texto, junto con el enlace a la web de scalae.net:

Link a scalae.net | Arquitectos en el extranjero: Shanghai, por Julen Asua




PRINCIPIOS: Tu experiencia de vida y trabajo actual "al otro lado del planeta", ¿te ha obligado a entenderte a tí mismo de un modo diferente como arquitecto? Es decir: ¿piensas que está modificando tu modo de pensar personal y profesional?

Dicen que la primera intención cuando uno llega aquí y comienza a trabajar es la de querer cambiar a China y al final lo que realmente sucede es que China acaba cambiándole a uno. Esto puede ser muy peligroso, porque a pesar de que trabajar como arquitecto en China puede ser una experiencia de la que se puede aprender, esto sólo sucederá si uno cuenta con la experiencia suficiente para saber con qué cosas quedarse y qué cosas descartar.

Como aspectos positivos, China te flexibiliza, fomenta tu capacidad de adaptación al cambio constante y te obliga a estar en un incesante estado de alerta. Como aspectos negativos, en China sobra producción sin reflexión y falta pensamiento crítico, capacidad analítica y propositiva y mecanismos eficientes de anticipación a problemas futuros.

Yo llegué a Shanghai con 7 años de experiencia laboral en España a mis espaldas y puedo decir con orgullo que gracias a ello creo que he logrado aprovechar los factores que consideraba positivos de las situaciones que me he ido encontrando por el camino, logrando al mismo tiempo no dejarme influir por los aspectos negativos de este complejo mercado laboral. Sigo adaptándome a diario a los nuevos retos que cada día surgen poniendo a prueba tus capacidades, tu paciencia y tus aptitudes, pero no he cambiado las bases de mi manera de entender cómo se debe hacer arquitectura.


PROCESOS: Saliste de la península, posiblemente, con unos hábitos, habilidades y competencias de trabajo y, sobre todo, con una manera aprendida y probada de desenvolverte como arquitecto. ¿En qué medida has podido mantener esos hábitos o has tenido que modificarlos/cancelarlos/ampliarlos en base al tipo de trabajo y relaciones que actualmente son tu día a día?

Trabajar como arquitecto en China tiene muy poco que ver a lo que un día fue trabajar como arquitecto en España. Desde el tamaño de las propias estructuras laborales (aquí una oficina pequeña tiene 30 personas), hasta la mastodóntica escala de los proyectos que se desarrollan, los protocolos de relación con los clientes o los ajustados tiempos de trabajo que se manejan.

Al llegar a Shanghai, estaba completamente convencido de que lo más difícil sería (como suele ocurrir casi siempre que uno comienza una vida en un sitio nuevo) la adaptación al medio, a la cultura, a las diferencias idiomáticas o a la manera de desarrollar aquí el trabajo como arquitecto. Esto, generalmente, en cualquier otro país del mundo, es un proceso definido y puntual que dura un determinado período de tiempo y una vez superado ese bache uno puede decir sin lugar a dudas que "ya se ha adaptado" o que "ya ha aprendido cómo funcionan las cosas". Esto en China no es así. En China el proceso de adaptación es continuo. Infinito. Nunca puedes bajar la guardia independientemente del tiempo que lleves viviendo aquí.

Hay que aprender a vivir con la certeza de que no existen las certezas.Ç

Ese es, en mi opinión, el verdadero reto.


SITUACIONES: Posiblemente la distancia y el tiempo ya transcurrido (¿cuanto?) te permitan relativizar mucho. ¿Qué recomendaciones ofrecerías a alguien que en este momento se esté planteando "dar el salto"? y complementariamente, ¿qué visión te queda/llega del contexto actual social/político/profesional europeo y español?

China es un país de 'actitudes' más que de 'aptitudes' porque la aplicación provechosa de las últimas depende en gran medida de la gestión exitosa de las primeras. Llevo viviendo y trabajando en Shanghai poco más de 3 años y en este tiempo he visto llegar a mucha gente, no sólo con diferentes perfiles profesionales a sus espaldas sino también con diferentes maneras de encajar y adaptarse a lo que se iban encontrando aquí día tras día. Algunos lo han pasado en grande y para otros esto ha supuesto un suplicio insoportable. Lo que para unos es toda una experiencia para otros un trauma difícil de gestionar. No importa tanto tu currículum si no mantienes intacta tu capacidad constante para adaptarte. Tal y como explicamos en una de las entradas de nuestro blog, además de otros aspectos igualmente importantes, a la hora de emigrar la elección del país es clave. Tenemos que elegir destinos donde nos sintamos cómodos, porque emigrar puede ser un hueso duro de roer o una experiencia apasionante, y la delgada línea que separa estas dos situaciones depende de factores que poco tienen que ver con el trabajo en sí mismo y mucho con el contexto en el que desarrollamos nuestras vidas.

Por otro lado y respondiendo a la segunda parte de la pregunta, la visión del panorama social, político y profesional de España que percibimos los que nos encontramos trabajando fuera resulta difícil de describir con palabras que no sean malsonantes. Digamos que no tengo palabras para explicar la vergüenza que siente uno cada mañana al leer la prensa digital o al comentar las noticias de España con compañeros, colegas y amigos que vienen de otros países diferentes. A veces resulta complicado mantener el tipo sin ruborizarse. En cuanto al panorama laboral, creo que contrariamente a lo que mucha gente piensa, una gran parte de los profesionales que han emigrado no volverá a trabajar jamás en España. De hecho, muchos de los que lo han intentado han acabado emigrando de nuevo porque no han sido capaces de encontrar ninguna oferta de trabajo competitiva. Hemos comenzado a asumir que seremos nómadas durante el resto de nuestras vidas y España será ese lugar a donde siempre regresaremos de visita, pero donde dificilmente trabajaremos de manera definitiva. Casi todos los que vivimos en China tenemos en la cabeza el plan de "acercarnos" algún día a España, eso es cierto. Pero acercarse es algo muy diferente a volver, y mucho tiene que cambiar la situación como para que tantos arquitectos que han encontrado fuera el respeto profesional que su país jamás les propició, decidan regresar de la noche a la mañana. Eso sí, ojalá me equivoque en esto útlimo. Ojalá.


[Julen Asua, desde Shanghai, China, para scalae.net]

miércoles, 18 de diciembre de 2013

It´s ready for boarding

Ya es Navidad.

Lleva siendo Navidad desde hace más de un mes, pero oficialmente ya podemos decir que sí, que ya es Navidad sin lugar a dudas. Lo sé sin necesidad de mirar ningún calendario. Lo sé, simplemente, porque esas cosas se saben.

Lo sé porque he visto imágenes de la Puerta del Sol completamente colapsada por una marea humana de hombres, mujeres y niños ataviados con pelucas de colores y cuernos de reno de peluche. "¿Una protesta, quizá?", pensé. "Una sociedad harta de que la tomen el pelo que ha decidido despertar y negarse a seguir siendo sumisa ante un sistema podrido y corrupto?". No. Por supuesto que no. Faltaría más. No era tal cosa. Simplemente eran esos seres que compran cosas. Una multitud, una marabunta, un ejército de seres que compran cosas. El problema es que este año no pueden comprarlas pero igualmente tomaron las calles en masa para fingir que todo marcha bien, desearse un próspero año nuevo y mirar escaparates ilusionados por el hecho de ver tras un muro de cristal todo aquello que este año no podrán comprar a sus hijos. Son los mismos seres que protestan cuando otro grupo de personas hacen lo propio para luchar por sus derechos más básicos, recriminándoles la manera que tienen de intentar mejorar las cosas e increpándoles por interrumpir o distorsionar sus rutinas. Son esos necios que callan, otorgan, compran, agachan la cabeza, miran para otro lado y siguen votando a los mismos que les arrebataron el futuro y la dignidad. Un espectáculo patético que se repite cada año, sin excepción.

También sé que es Navidad porque a pesar de que en China no se celebra esta festividad, todo Shanghai está decorado y engalanado como si la Navidad se hubiese inventado aquí. Si me dijeran que Santa Claus vive en la suite presidencial del Hotel Marriott de Nanjing Lu como si fuera Nucky Thompson en Boardwalk Empire, me lo creería sin dudarlo ni un sólo instante.

Lo sé porque algunos compañeros de mi empresa me desean 'Mary' Christmas o 'Happy' Christmas, constantemente. Lo sé porque el otro día alguien me preguntó que por qué Papá Noel murió crucificado hace tantos años. También lo sé porque llevo dos años sin Navidad, ya que el año pasado no pude volver a España en estas fechas. Y a pesar de no ser un fanático de la Navidad, pasa como con otras muchas cosas en la vida: que cuando no las puedes tener, las echas en falta.

Lo sé porque en unos días voy a atravesar volando medio mundo para dar a mis padres todos los abrazos y los besos que no les he podido dar durante todo un largo año. Porque Skype está muy bien, sí, pero los besos vía wifi no te dejan el mismo sabor de boca y China Telecom funciona tan jodidamente lenta que descargarse besos por torrent se convierte en una labor casi imposible. Porque el teléfono está genial, sí, pero todavía ninguna compañía ha establecido una tarifa roaming para los abrazos y además, debido al retardo en las redes de telefonía, uno se cansa de dar abrazos al aire y acaba por perder la paciencia. Porque hoy en día gracias a internet estamos todos más comunicados que nunca, sí, pero también es verdad que gracias a nuestros gobernantes nunca antes habíamos estado tan alejados los unos de los otros. Porque para ir a dar esos besos y esos abrazos al menos una vez cada año a toda esa gente que quieres, antes hay que comprobar y recomprobar unas cien mil veces que tienes el visado en regla, que el work permit no ha expirado y que el permiso de residencia sigue perfectamente vigente. Y claro, como que visto así pierde emotividad la cosa.
Sé que es Navidad por lo mucho que echo en falta el perfecto cielo de Madrid. Sé que es Navidad por lo mucho que añoro el imponente Mar Cantábrico. Sé que es Navidad por todas estas pequeñas grandes cosas que antes eran un placer diario y ahora se han convertido en una necesidad anual. Sé que es Navidad porque necesito que sea Navidad cuanto antes.

Lo sé por los nervios, por las maletas abiertas en el salón de casa, por las interminables listas de
 ’cosas para llevar y ’cosas para traer que inundan mi escritorio, por las compras de última hora en el fake market, por el ’que no se nos olvide pagar el alquiler del piso antes de irnos, por los whatsapps constantes de los amigos diciendo ’ya no queda nada para vernos, por esa incesante cuenta atrás que todos los expatriados vamos coreando al unísono cada vez que nos vemos, por esas ’ultimas cañas juntos el miércoles, antes de que nos vayamos todos, por el brillo de nuestros ojos y por el aumento progresivo de los latidos de nuestros corazones, que van in crescendo según vamos acercándonos a ese glorioso momento en el que escucharemos por la megafonía del aeropuerto aquellas benditas palabras: “This is the boarding call for flight XXX to Madrid. Please have your boarding pass and identification ready. Regular boarding will begin in approximately ten minutes time. Thank you".
Creo que después de "te quiero", las palabras más bonitas que uno puede escuchar en la vida son: “It´s ready for boarding".

Sé que ya es Navidad. Todos los que vivimos lejos de nuestros países lo sabemos sin necesidad si quiera de mirar el calendario. Y es que esas cosas se saben, simplemente se saben, por multitud de pequeñas razones.

Y cómo no, también lo sé porque otro año más, Campofrío ha vuelto a deleitarnos y a emocionarnos con su nuevo anuncio publicitario. Y viendo la cantidad de reacciones que ha provocado este spot, quiero enviar desde aquí un fuerte aplauso para el equipo de publicistas porque se han ganado merecidamente su pan de cada día. Han hecho un trabajo excelente y digno de admiración. Han conseguido dar magistralmente la vuelta a la tortilla, tocando una vez más esa fibra sensible que hace que por un momento nos olvidemos de cómo somos realmente en lo que de verdad importa. Y eso tiene mucho mérito, de verdad. Ni Don Draper lo hubiera hecho mejor.

Yo, personalmente, no me he emocionado mucho viendo el anuncio. Prefiero guardar las lágrimas para cuando leo la prensa digital cada mañana.
Campofrío lanza el dardo y los necios amaestrados se apresuran a recogerlo al vuelo. De nuevo, Campofrío nos sorprende con el elaborado marketing social de su anuncio, en el que parece que todos tenemos que sentirnos orgullosos de ser de donde somos por esas pequeñas cosas que nos hacen tan grandes. Y sí, puede que tengan razón en algunas de estas cosas, pero mientras sigamos dejándonos pisotear como hasta ahora, mientras sigamos mirando para otro lado y sigamos permitiendo que unos pocos destrocen y saqueen a todo un país y a sus gentes, mientras sigamos siendo esa panda de borregos, bufones y esclavos que somos, mientras sigamos sin luchar por nuestros derechos más básicos y mientras sigamos aguantando que nos pasen por encima sin ni siquiera levantar la voz ni un poquito... mientras tanto, seguiremos siendo un pueblo con muy pocas cosas por las que sentirse orgulloso.

"Que nada ni nadie nos quite nuestra manera de disfrutar de la vida", reza el pegadizo eslogan al final del spot publicitario. Qué bonito, ¿verdad?. Emocionante hasta más no poder. Creo que los publicistas querían poner algo así como: "¡Míralos qué majos! ¡Están jodidos, pero contentos!" y alguien en el último momento decidió decir lo mismo, pero con unas palabras mejor elegidas. Con más gancho. Si hay algo peor en esta vida que un esclavo sumiso, dócil y adoctrinado, es un esclavo sumiso, dócil, adoctrinado y sonriente. Un borrego al que le están arrebatando la vida y la de su familia mientras él se enorgullece de lo bien que se le daba salir de cañas con los amigos cuando aún podía hacerlo. Una marioneta feliz. Un bufón que nunca pierde la sonrisa mientras es saqueado y humillado. 
Sólo un pueblo formado por necios de la peor calaña podría tener una concepción tan distorsionada de sí mismo. Sólo una sociedad que ya ha tirado la toalla podría caer tan bajo. 
Y por si todo esto no fuera suficiente, el mensaje de este magistral spot publicitario (y digo magistral porque insisto en que es muy bueno ya que logra conseguir su objetivo) nos lo envía ni más ni menos que Campofrío, una empresa cuyo principal accionista, el grupo estadounidense Smithfield Foods, decidió en septiembre de 2013 vender la empresa al grupo chino Shuanghui International Holdings por un valor de 4.700 millones de dólares. Resumiendo, que una empresa norteamericana dueña de una marca española, de la que ahora es propietaria (gracias a una operación económica sin precedentes) un holding chino con sede en Hong Kong, nos hacen llorar de emoción enviándonos un mensaje sensiblero y engañoso que viene a decirnos algo así como: "a pesar de que estéis más jodidos que la hostia, nada y nadie os quitará vuestro carácter y vuestra manera de ser". Si esto no es un ejemplo puro de la globalización más salvaje que uno pueda imaginar, que baje Naomi Klein y lo vea. Y a nosotros todo esto nos importa un comino. Mientras en el anuncio salgan Chiquito de la Calzada, Gabino Diego, Verónica Forqué y las hermanas Hurtado, y nos digan todas aquellas cosas que queremos escuchar, lo demás son pequeñeces sin la menor importancia.

Pero como dije al principio, ya es Navidad. Y todo el mundo sabe que la Navidad también es tiempo para perdonar, para olvidar, para comprar y para dejarse comprar.  

Y me entristece comprobar lo fáciles que somos para dejarnos comprar. 

"Uno puede irse, pero no hacerse". Un gran consuelo, sí señor. Es normal que se nos salte la lagrimita al escuchar estas palabras de boca de Chus Lampreave. Resulta complicado no emocionarse ante una razón de peso como ésta. Y yo me pregunto: ¿De qué sirve el carácter si hace tiempo que perdimos la dignidad y el autorrespeto como ciudadanos y como individuos? ¿De qué demonios sirve nuestra manera de disfrutar de la vida cuando hace tiempo que nos la arrebataron de cuajo? Pero todo da igual porque ya es Navidad y en esta España de Campofrío la culpa siempre es de otros, las cosas se acabarán solucionando solas por arte de magia y por supuesto tenemos que ser conscientes de la envidia que suscitamos a otros países porque somos unos cachondos de la hostia que nos abrazamos, nos vamos de cañas a diario y nos metemos a la cama más tarde que nadie, mientras nuestros hijos se buscan las castañas al otro lado del mundo. No pasa nada, estamos todos a salvo porque aunque se hayan ’ido’, jamás se ’harán’. Nunca jamás se ’harán’.
Siento ser tan drástico, pero yo me avergüenzo profundamente de ser de donde soy y me avergüenzo cada día de la sociedad española en su conjunto, y un anuncio que apela a lo contrario utilizando como argumento el supuesto carácter único de un grupo de personas, no va a hacerme cambiar de opinión. Siento asco y vergüenza de que seamos como somos en muchos aspectos que considero de vital importancia.

Siento, de verdad, asco y vergüenza de todos y cada uno de nosotros.
Para que nuestros hijos se sientan verdaderamente orgullosos de la puta mierda de país que, gracias a nuestra pasividad y a nuestra adoctrinada condescendencia, les vamos a dejar, creo que hace falta algo más que unos cuántos tópicos por muy ciertos que algunos de ellos sean. Nos sentimos orgullosos de nuestros padres porque ellos sí que lucharon por mejorar las cosas o al menos por tratar de cambiar lo que estaba en su mano. Pensad por un instante si nuestros hijos van a opinar lo mismo de nosotros cuando echen la vista atrás y se pregunten por qué tuvieron que hacerse y/o ser extranjeros en ese exilio al que van a verse abocados sin remedio gracias a nuestra puñetera colección de inacciones.
Y mientras a algunos necios, ciegos de emoción, se les salta la lágrimita viendo el anuncio de marras, no se dan cuenta de que al mismo tiempo sus hijos están haciendo las maletas para huir de un país que ha aniquilado sus esperanzas y sus sueños. Y antes de que se den cuenta, contemplarán entristecidos su marcha a un lugar lejano y no les volverán a poder abrazar hasta el año que viene por estas fechas, coincidiendo seguramente con el próximo emotivo anuncio que emita Campofrío. Y entonces llorarán con razón, por no haber hecho nada para evitar este exilio a excepción de emocionarse y sonreír frente a un televisor por un conjunto de estúpidos tópicos sin importancia.
Y tras un año separados llevarán la cuenta de todos esos abrazos perdidos, todos esos besos que no llegaron a su destino por problemas de aduanas, todas esas sonrisas que se quedaron en el camino, las caricias que nunca se dieron, esos ’te echo mucho de menos’ que escuchamos entrecortados en formatos reducidos de 15 pulgadas y toda esa colección de momentos compartidos que jamás se recuperarán. Y se verán brevemente en Navidad pero la alegría y la ilusión de ese reencuentro no durará demasiado porque el proceso se repetirá de nuevo. Un año más, y otro, y el siguiente, y otro más... así sucesivamente hasta no se sabe cuándo. Y quizá en ese momento muchos comenzarán a despertar de esta pasividad inducida en la que están sumidos e intentarán hacer algo para cambiar las cosas. El problema es que probablemente ya será demasiado tarde para cambiar nada.
Pero ya es Navidad, amigos. Al fin ya es Navidad.

Por fin llegó ese momento tan especial para muchos de nosotros que jamás nos
 ’hicimos’ y probablemente jamás nos ’haremos’, pero que en su día sí que nos ’fuimos’. Ahora, por fin llegó de nuevo ese anhelado momento en el que los que vivimos lejos podremos decir de nuevo aquello de: "We are ready for boarding. Damn it! We are fucking ready for boarding!".

domingo, 22 de septiembre de 2013

La Paradoja Neverland


Yo la bauticé como la Paradoja Neverland aunque entre los prestigiosos y selectos círculos científicos ésta patología vírica social es también conocida como el Efecto Fussy.



El Efecto Fussy es una enfermedad crónica derivada del contacto directo con un agente infeccioso de tipo vírico y altamente contagioso. El virus se transmite de expatriado a expatriado principalmente por el aire, en las gotitas de saliva y secreciones nasales que se expulsan al toser, al hablar o al estornudar. El período de incubación varía de 2 a 21 días aunque se han registrado casos en los han transcurrido varios meses antes de la aparición de los primeros síntomas. Pasado este tiempo, el Sistema Escrupular del sujeto portador se descontrola, experimentando una aceleración anormal de sus niveles de imbecilidad y tiquismitismo, hasta el punto que el expat infectado comienza a volverse exponencialmente gilipollas de manera directamente proporcional a la distancia que le separa de su país de origen.

Una enfermedad vírica que se propaga de manera devastadora. Una epidemia incontrolable cuyo virus no es letal, pero sí terriblemente contagioso. Un peligro pandémico que acecha en cada esquina y del que ningún extranjero se encuentra a salvo.
La formulación resumida de la Paradoja Neverland es muy clara: “En condiciones normales de presión y temperatura, todo aquel expatriado (preferentemente de origen español) que llega a la República Popular China con intención de establecerse a corto o medio plazo con un objetivo laboral, sufre instantáneamente una alteración severa e irreversible de su comportamiento, mentalidad, idiosincrasia y actitud, que tiene como resultado una amnesia fulminante acerca de su verdadero país de origen, acompañada del autoconvencimiento automático de que realmente proviene de Suiza, de Arcadia, de Narnia, de Rivendel, del país de Nunca-Jamás o de cualquier otro lugar idílicamente perfecto y maravillosamente civilizado.”


Y os puedo asegurar que esto se cumple a rajatabla en un porcentaje increíblemente alto de los expats que viven y trabajan en China. 



Pareciera como si, inmediatamente después de poner un pie en suelo chino, todos nosotros estuviésemos plenamente convencidos de que venimos de maravillosos y bucólicos países de cuento de hadas donde las cosas funcionan con la exactitud de un reloj suizo. En el mundo del que venimos, la palabra imperfección no figura en los libros ni en los diccionarios; a nuestro alrededor todo está perfectamente brillante y limpio como la patena, todo está dispuesto y ordenado al milímetro y todo huele a arena removida por la lluvia, a hierbabuena y a sándalo; nadie es desagradable, mezquino ni hipócrita con nadie; las personas se respetan por defecto y reina la paz, la armonía y la buena educación; los pajaritos cantan bellas melodías a todas horas mientras revolotean alegremente sobre nuestras cabezas y nos observan con dulzura; los ciudadanos se miran a los ojos, sonríen constantemente, se respetan los unos a los otros y se quieren con locura; no hay agresiones, ni crispación, ni ruido, ni suciedad; y la vida es tan sumamente bella que cuesta contener las lagrimas de emoción al contemplar aquellas vastas praderas verdes iluminadas por el cálido sol de la mañana, que conforman el paisaje en el que desarrollamos diariamente nuestras vidas. 



Porque todos tenemos esa extraña sensación de que provenimos de países que “ya están hechos y funcionan bien”. Porque todos venimos de Suiza. Porque todos nosotros venimos de Neverland.



Y claro: Llegamos a China y todo nos toca los cojones.



Y es que los chinos escupen en el suelo. Sí. Es cierto. Y hacen un ruido irreproducible y desagradable cuando sorben los noodles y cuando mastican con la boca abierta; y todo está sucio y huele raro; y la mayoría de las cosas no funcionan bien o directamente no funcionan; y la gente habla con la boca llena 
y eructan a escasos centímetros de tu oreja; y escupen, y escupen y vuelven a escupir; y se agolpan dando empujones a las puertas del autobús cómo si fuera el único transporte que hubiese pasado por allí en cientos de años; y se cuelan en las filas sin pudor, sin ningún tipo de remordimiento ni vergüenza, a codazo limpio; y se visten de manera extravagante y en ocasiones ridícula; y escupen más y más veces; y algunos no tienen modales, ni miramientos hacia los demás, ni saber estar, ni un mínimo de respeto hacia el prójimo; y hacen todo ese tipo de cosas que nosotros, las personas que nos consideramos civilizadísimas y educadas a más no poder porque venimos de lugares perfectos y maravillosos, no podemos tolerar porque alteran nuestra existencia hasta límites difícilmente soportables. 


¡Ah! Y por si no había quedado bien claro: escupen. Escupen constantemente. Sin cesar.



Y ante todo éste panorama desolador e insoportable, los expats nos quejamos hasta el hastío mientras añoramos nuestras anteriores vidas élficas repletas de perfección y armonía en los pacíficos y soleados bosques de Rivendel. Allá donde todo funciona. Allá donde todo es perfecto.

Y quien dice Neverland o Rivendel, dice España. (Contengan las carcajadas, por favor. Prosigamos)
Hables con quien hables la conversación se repite de forma cíclica, como si fuera un bucle sin fin, hasta que inevitablemente llega ese temido momento en que sin casi darte cuenta, uno mismo acaba contagiado y comienza a pronunciar esos mismos quejidos desgastados y caducos, pasando a formar parte de una especie de melodía coral que tan sólo consiste en adoptar una actitud victimista y llorica ante un conjunto de situaciones (desesperantes muchas, pero sin mayor relevancia la mayoría de ellas) que, en cualquier otro contexto, nos deberían resultar incluso cómicas.



Y qué quieren que les diga: que todo este comportamiento de expatriado llorón venido a más me produce arcadas.



Porque la cruda realidad es que ninguno de nosotros provenimos de Neverland, a pesar de que a casi todos eso ya se nos ha olvidado.

Quiero que conste en acta que entiendo el acto de desahogo que supone quejarse de todo lo que nos rodea. Es normal cuando vives tan lejos de tus lugares y de tus gentes. Es incluso sano, joder. Es una especie de acto depurativo, en ocasiones necesario para continuar el camino y no volverse loco. Quejarse es una especie de terapia preventiva. Una válvula de escape y descompresión. Un desahogo.

Pero hasta cierto límite. 



Cierto es que China te pone contra las cuerdas y prueba tu estabilidad en cada instante. China es una lucha diaria por conservar la cordura. China coge tus expectativas y tus certidumbres, las estampa contra el suelo y las desmantela por completo minuto a minuto. China sorprende, descoloca y te obliga a redirigir tus actos una y otra vez. Sin descanso. Sin tregua. China te deja sin aliento constantemente y rara vez te permite ese respiro necesario para llenar los pulmones de aire y continuar el camino. Porque una de las cosas más importantes que aprendimos al llegar aquí es que, contrariamente a lo que pueda parecer, lo más complicado de vivir en China no es 
el idioma, las diferencias culturales o las dificultades que uno encuentra a diario para resolver una sencilla situación cotidiana a la que en tu país de origen no dedicarías prácticamente ningún esfuerzo. Todo esto no son más que pequeñas anécdotas sin importancia. Lo más difícil de vivir aquí es que la adaptación no es un proceso definido y puntual que dura un determinado período de tiempo concreto, y una vez pasado el bache uno puede descansar sabiendo que “ya te has adaptado” y todo va a seguir su curso según lo previsto. No. China no funciona así. En China, el proceso de adaptación es continuo. Infinito. Nunca puedes bajar la guardia.

Y ésta situación de constante adaptación puede resultar agotadora.

El verdadero reto es aprender a vivir no dando nada por sentado y seguir hacia adelante sabiendo que tus esquemas y tus expectativas van a verse reducidas a cenizas en el momento más inesperado.

Vivir con la certeza de que no existen las certezas.

Y es ahí donde surge la queja del expatriado. Lógica en determinadas ocasiones, pero tremendamente cansina y dañina cuando sobrepasa ciertos límites y se convierte en insulto, se focaliza en cuestiones que no tienen importancia alguna, se transforma en el monotema de los que nunca tienen nada interesante que decir y acaba siendo un amargo lloriqueo de algunos que viven molestos por todo cuanto les rodea.

Lo que hacen algunos expatriados españoles con los chinos hace tiempo que dejó de ser una queja terapéutica y sana para transformarse en una sangría indiscriminada, agresiva, violenta y cruel. Un ataque constante y despiadado contra todo un conjunto de seres humanos que también están aprendiendo como buenamente pueden a asimilar un desarrollo insostenible e inasumible que les viene demasiado grande.

A mí todo esto me aburre soberanamente y ya se me están acabando las caras ensayadas de circunstancia que suelo poner cuando los pobrecitos laowais deciden compartir conmigo sus desdichas en forma de dramáticos lamentos, ataques despiadados e insultos indiscriminados.

Que venimos de España, joder. Un país que ni siquiera ha sido capaz de garantizaros un puto futuro. Un país gobernado por mafiosos elegidos por vosotros democráticamente en las urnas, que ha aniquilado vuestros sueños y vuestras esperanzas. Un país que ha pegado una patada en el culo a toda una generación de profesionales cualificados sin dudarlo ni un instante. Sin pestañear. Sin inmutarse. Un país que se descojona día tras día de sus ciudadanos, les maltrata, les consume, les manipula, les miente y les asfixia sin pudor. Un país con una sociedad autocomplaciente, sumisa y esclava, que aplaude y premia la mediocridad mientras desprecia y rechaza la excelencia. Un país dirigido por terroristas de la peor calaña. Un país que os ha arrebatado de cuajo los derechos que tanto les costó conseguir a vuestros padres, y os ha enviado a un exilio camuflado bajo el eufemismo de un supuesto “espíritu aventurero”.
Venimos de España. Y con semejante lacra a nuestras espaldas me resulta muy difícil entender que unos cuantos escupitajos sean el mayor de vuestros problemas. Hay cuestiones mucho más importantes que os deberían quitar el sueño y activar vuestras iras. Pero claro, es mucho más sencillo centrarse en la anécdota ridícula y hacer de ella un mundo. Sin duda es mucho más cómodo.
Tengo un pequeño consejo que daros a los que habéis decidido emigrar. Si os quejáis por todo lo que os rodea, tenéis dos opciones: o lo hacéis con un poco de gracia y sentido del humor, dejando aparte los discursos victimistas, los insultos gratuitos y los lloriqueos coñazo, o lo hacéis por cosas que realmente sí que importen y no por tonterías absurdas que no van a ningún lado.
Si queréis vivir en decorados impolutos donde nada os moleste, nada manche, nada huela mal, nada sea imperfecto y nada perturbe vuestro equilibrio; si queréis vivir en un lugar donde en cada pradera ponga “prohibido pisar el césped” y de cada objeto cuelgue un puto cartel que diga “no tocar”; si vuestro mayor problema es que la gente escupa en el suelo o que se os cuelen al subir al metro; si realmente esas son razones suficientes para agredir a la sociedad que en última instancia os está proporcionando el futuro que os negaron los dirigentes de vuestro país, permitidme que os diga que no entiendo qué demonios estáis haciendo en China. 

Porque el mundo es pequeño para el que lo usa. Si no queréis mancharos las manos, haced de nuevo las maletas y amargad a otros con vuestros lamentos y vuestras faltas de respeto. Sinceramente, a mí ya me sangran los oídos de tanto escuchar vuestros lloros e insultos.

Si lo deseáis, allí está la puerta. Podéis regresar a Neverland en cualquier momento. O en su defecto a España, que es el lugar paradisíaco que os corresponde. Estoy convencido de que allí no volveréis a tener ningún problema con los escupitajos en el suelo, fundamentalmente porque allí escupirán directamente sobre vuestras caras. 

O mejor aún, sobre vuestras tumbas.

Con mucho respeto, eso sí. Siempre con mucho respeto y educación.

Que para algo provenimos de un país civilizado.

viernes, 23 de agosto de 2013

Scalextric (1975-2013) | La breve historia del abrazo eterno


Existen en el mundo ciertos elementos que con el paso del tiempo se acaban convirtiendo en símbolos de un lugar. Sin pretenderlo. Casi sin querer. Como por arte de magia. Lo mejor de todo es que no fueron concebidos con ese objetivo y tampoco nadie se molestó en otorgarles ese honor. No fueron ideados para ser protagonistas de nada y jamás tuvieron intención alguna de ser algo más de lo que en realidad eran. Todo lo contrario: fueron desprestigiados, insultados, humillados, rechazados y ninguneados por las masas hasta límites inimaginables. Pero ellos aguantaron estoicamente las críticas y los desprecios durante el paso de los años sin emitir ni una sola queja, ni un sólo lamento. Y así, en silencio, poco a poco y sin que casi nadie a su alrededor se diera cuenta, consiguieron trascender y elevarse por encima de todo y de todos para convertirse por derecho propio en los verdaderos iconos de los lugares sobre los que se asentaron. Para llegar a ser los verdaderos protagonistas silenciosos de toda una ciudad y una época.

Y como dije al principio, este tipo de cosas no suceden habitualmente sino tan sólo en contadas ocasiones. Sin pretenderlo. Casi sin querer. Como por arte de magia.

Sin hacer demasiado ruido.

viernes, 5 de julio de 2013

Pequeños Códigos de Supervivencia

Hace tiempo escuché algo que resume perfectamente cómo es la vida en China.

Era una especie de código. Un conjunto de reglas para poder hacer negocios en China sin acabar abriéndose las venas en el intento. Pero a mí me parecieron perfectamente aplicables a cualquier aspecto de la vida en éste país.

Recuerdo que me llamaron la atención de manera especial cuatro de los puntos que allí se enumeraban y se han quedado grabados a fuego en mi cabeza durante estos dos años y medio:

- Regla número 1: En China nada es fácil.
- Regla número 2: En China todo es posible.
- Regla número 3: Cuando te sientas optimista, recuerda la regla número 1.
- Regla número 4: Cuando te sientas pesimista, recuerda la regla número 2.

A día de hoy todavía no hemos sido capaces de encontrar una manera mejor de definir, de forma breve y concisa, cómo es nuestro día a día aquí.

Y gracias a éste pequeño (y aparentemente sencillo) código de supervivencia, vamos tirando poco a poco hacia adelante, intentando domar al indomable Dragón y tratando de vivir y sobrevivir en este maravilloso, complejo y contradictorio país llamado China.

Y de momento parece ser que no se nos está dando nada, pero que nada mal.

Aunque quizá lo que pasa es que hoy me he levantado optimista. No lo sé.

miércoles, 9 de enero de 2013

#LSP: Sin orden ni concierto


Leonard Bernstein

A estas alturas se ha hablado mucho del ya conocido borrador de Ley de Servicios Profesionales (LSP) presentado por el Ministerio de Economía hace poco más de una semana, en el que se contempla la posibilidad de que los ingenieros puedan desarrollar la misma labor profesional que los arquitectos.

Han sido muchas las voces críticas que se han escuchado al respecto ofreciendo argumentos firmes y sólidos para mostrar su desacuerdo hacia este despropósito que quieren llevar a cabo desde las altas esferas políticas y resulta difícil añadir opiniones nuevas sin caer en la redundancia. Pero la gravedad de la situación nos obliga a ofrecer nuestra particular visión del último ataque que está sufriendo nuestra profesión y que comenzó hace unos años con esa mercantilización de las universidades que se impuso gracias al Proceso de Bolonia, el cual finalmente, y como todos ya advertimos en su día, no ha servido para otra cosa más que para devaluar nuestra titulación hasta un punto tan dantesco que a día de hoy ningún arquitecto sabe exactamente que equivalencia académica tiene a nivel europeo.
La cuestión es siempre la misma: en lugar de simplificar las cosas para intentar que funcionen mejor, todo consiste en añadir más variables a una ecuación que ya está saturada de por sí desde hace demasiado tiempo.

Como decíamos antes, vamos a exponer nuestra opinión sobre las cosas que más nos han llamado la atención de lo sucedido estos días y trataremos por todos los medios de no repetir lo que otros ya han expresado mucho mejor que nosotros.

Antes de comenzar, nos gustaría aclarar un par de puntos de partida muy importantes: 



1- No tenemos absolutamente nada en contra de los ingenieros. Todo lo contrario. Tenemos una gran cantidad de amigos ingenieros en diferentes especialidades a los que apreciamos y admiramos no sólo como personas sino también como profesionales. Sobra decir además que desde el primer día en que comenzamos a desarrollar nuestra actividad laboral como arquitectos hemos trabajado codo con codo con multitud de ingenierías y gracias a esta estrecha colaboración ha sido posible llevar a buen puerto cada uno de los complejos proyectos con los que nos ha tocado lidiar. Hemos disfrutado y hemos aprendido día tras día de ellos y tenemos un enorme respeto por su profesión, por sus conocimientos y por su papel crucial dentro del proceso constructivo. No nos engañemos. Esto no tiene nada que ver con la típica guerra entre profesiones ya que ingeniería y arquitectura forman desde hace ya mucho tiempo un tándem muy importante en el ámbito profesional que nos ocupa. No podemos caer en el error de enfrentarnos entre nosotros entrando en discusiones de patio de colegio porque eso es precisamente lo que ciertas instituciones están intentando desde sus rancios despachos decimonónicos con la única intención de llevar hasta su extremo aquel famoso dicho de “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

2- Han existido y existen arquitectos nefastos, por supuesto. Se ha hecho mucha arquitectura de una calidad muy baja o prácticamente nula. Eso es así y nadie puede negar la evidencia. Pero por más que nos esforzamos no podemos entender que este sea uno de los argumentos utilizados para desprestigiar a todo un colectivo profesional. Hay malos arquitectos al igual que hay malos ingenieros, malos periodistas, malos jueces, malos abogados, economistas, auditores, constructores, neurocirujanos, barrenderos, dependientes, camareros, programadores, policías y amas de casa. Malos profesionales han existido, existen y existirán en todos los sectores, pero no tiene sentido abrir un debate acerca de las capacidades profesionales de los componentes individuales de cada gremio porque no nos llevaría a ningún lado. Miremos donde miremos, siempre habrá profesionales mejores y peores, y entrar en ese tipo de cuestiones es abrir la puerta a un callejón sin salida. Y no estamos para desperdiciar fuerzas, ni saliva, ni tiempo.



Una vez aclarados estos dos puntos previos, continuamos explicando nuestros argumentos. Tenemos muchas más cosas que decir que las que aquí vamos a exponer, pero nos vemos obligados a tratar de abordar ahora únicamente los hechos que nos parecen cruciales en primera instancia:
#1. Arquitectura e Ingeniería son profesiones diferentes.



Complementarias en muchas fases del proceso constructivo e incluso proyectual, pero diferentes. Me niego a entrar en el absurdo juego de tener que justificar y razonar un axioma como este. Aquellos que intentan por todos los medios hacernos creer que arquitectura e ingeniería son lo mismo, lo hacen únicamente con el objetivo de ampliar competencias a la desesperada. Caiga quien caiga y a costa de lo que sea. O eso, o bien no tienen ni la más remota idea de lo que significa “hacer arquitectura”, lo cual nos parece todavía mucho más grave teniendo en cuenta que quizá se acaben dedicando profesionalmente a eso en un futuro no tan lejano. 



#2. Sobre la importancia de la composición, la ejecución y la interpretación. 



La arquitectura no es sólo la construcción de un edificio. El trabajo de un arquitecto va mucho más allá de la mera disposición ordenada y lógica de unas cuantas técnicas constructivas repetidas a lo largo de la historia hasta la saciedad. Un arquitecto no es aquel que produce edificios y simplificar así un oficio tan complejo como el nuestro es un error de base que muchos están cometiendo para defender sus posiciones a toda costa.

Pongamos un ejemplo muy ilustrativo: La música.
Saber tocar una sucesión de notas o acordes en un instrumento no te convierte en un buen músico. Saber colocar una sucesión de notas musicales en un pentagrama siguiendo paso por paso unas básicas y sencillas reglas de armonía y composición, no te convierte en un buen compositor. El mejor violinista del mundo puede ser totalmente incapaz de componer una buena Sinfonía y por contra, Ludwig van Beethoven, que fue uno de los mejores compositores del la historia de la música, no logró ser ni de lejos el pianista más virtuoso que ha existido en el mundo.
Una orquesta sinfónica es una agrupación musical compuesta por un número de músicos diferentes que oscila entre 80 y 120, organizados y dispuestos en función de los cuatro grupos instrumentales: viento madera, viento metal, percusión y cuerda. Flautines, flautas, oboes, clarinetes, fagots, trompetas, trombones, tubas, timbales, violines, violas, chelos, contrabajos, arpas y pianos se agrupan ordenadamente frente a la figura del director de orquesta. La dirección orquestal es una especialidad muy compleja que requiere de muchos años de estudio y un gran oficio. El director de una orquesta sinfónica es una persona que no sólo mantiene el tiempo de la pieza y da las entradas de los instrumentos para que la ejecución de la misma sea coherente, sino que debe “interpretar” la partitura. Un director sinfónico no tiene que saber tocar todos los instrumentos que componen una orquesta, pero es indispensable que conozca las características y posibilidades de cada uno de ellos. Su labor más importante no es marcar el ritmo, sino dotar de alma a una pieza musical, organizando y cohesionando a todas las partes ejecutoras. Él es el elemento encargado de la dar proporción, personalidad y un carácter unitario a la obra. 
Una orquesta formada por los mejores músicos del mundo podría llegar a ejecutar una pieza sin director, pero jamás lograría interpretarla. Y es precisamente ahí, en la interpretación, donde radica ese misterioso y maravilloso poder de lograr que una misma pieza musical pueda pasar completamente desapercibida o por el contrario, te llegue a rozar en lo más profundo del alma.



El arquitecto es un compositor. El arquitecto es un director de orquesta. Y por favor, no nos malinterpreten: No queremos dar a entender con esto que esté por encima de nadie ni que sea mejor que cualquiera del resto de los músicos que hacen posible que una Sinfonía cobre vida. El papel que desempeña cada uno de los elementos del conjunto es clave. El mejor compositor del mundo necesita que sus piezas sean interpretadas por los mejores músicos del mundo. El mejor director de orquesta de la historia, lo es precisamente porque cada uno de los integrantes de la orquesta sinfónica que dirige, son únicos en lo que hacen. 
Hace tiempo que el virtuosismo pasó a ser una cualidad colectiva. Los genios lo son porque trabajan codo a codo con otros genios. La lucha por la excelencia no es, como ocurría en tiempos del Renacimiento, una cuestión individual. La calidad y el virtuosismo de cada una de las partes tiene una importancia vital dentro del sistema para lograr el efecto deseado. Nadie es menos que nadie y cuando actúan todos juntos no sólo se suman entre ellos sino que se multiplican. 



Siguiendo con esta analogía, lo que está intentando hacer la nueva ordenación de la LSP es pretender que, independientemente de su formación, sus capacidades, sus años de experiencia y sus cualidades, cualquiera pueda componer una Sinfonía, cualquier pueda tocar el instrumento que decida cada día y cualquiera pueda dirigir una orquesta filarmónica. Pretende convertirnos a todos en meros ejecutores eliminando de raíz la importancia de la composición y la grandeza de la interpretación. Y lamentablemente lo único que ocurrirá si todo esto sale adelante es que no sólo se perderán a los mejores compositores y directores, sino que también anularemos por completo a los violinistas más virtuosos y a los pianistas más brillantes.



El resultado final es más que previsible a todas luces: no habrá ni orden, ni concierto. No nos engañemos. En esta batalla no habrá vencedores ni vencidos. En esta lucha todos salimos perdiendo.



#3. Yo no puedo pilotar un Boeing 747 en una ruta comercial transoceánica con 267 pasajeros a bordo. ¡Acabemos con el monopolio de los pilotos! 



Desde ciertas instituciones colegiales del ámbito de la ingeniería se está tratando de enviar otro mensaje más absurdo si cabe que explicábamos en el punto #1. Según sus propias palabras, su intención es acabar con el monopolio que los arquitectos han venido ejerciendo durante todos estos años sobre la arquitectura. Repetimos la frase para que quede bien registrada: “El monopolio que los arquitectos ejercemos sobre la arquitectura”. 



Esto no deja de ser otra incongruencia más para añadir a la lista de argumentos sin sentido que algunos se empeñan en vender como verdades. Es como si el Colegio de Farmacéuticos cargase contra Movistar por gozar de ciertos monopolios sobre las redes de telefonía en España. Es todo tan ridículo que uno se avergüenza de tener que explicar ciertas cosas.



#4. Sobre la sutil diferencia entre “poder hacer cosas” y “estar plenamente capacitado para hacer cosas bien hechas”.

Para tratar este tema, nos gustaría plantear dos preguntas concretas y a simple vista muy parecidas en la forma: 



Pregunta (A): ¿Puede un ingeniero industrial proyectar y dirigir la construcción de una edificación? La respuesta es . En nuestra opinión sí que podría hacerlo, por supuesto. No tenemos ninguna duda al respecto. Y añado algo más: dependiendo de la complejidad de la edificación, no sólo los ingenieros podrían hacerlo sino también mucha otra gente con profesiones que nada tienen que ver con el ámbito de la construcción. Vivimos en un país en el que todo el mundo es médico, economista, ingeniero, abogado, constructor, entrenador de fútbol, juez y político, por lo que no dudamos ni por un instante que cualquiera puede jugar también a ser arquitecto.
Pregunta (B): ¿Está profesionalmente capacitado un ingeniero industrial para proyectar y dirigir la construcción de una obra arquitectónica y hacerlo bien? La respuesta es NO. No lo está porque no tiene la formación adecuada para realizar correctamente ese trabajo. No lo está, sencillamente, porque no es arquitecto (véanse los puntos #1 y #2). Y siendo realistas podemos asegurar de manera categórica que los únicos profesionales capacitados y con la formación necesaria (aunque quizá nunca suficiente) para hacer Arquitectura, son los Arquitectos.



¿Puedo yo asistir a una mujer durante el parto? Por supuesto que puedo. Si las circunstancias me obligan a hacerlo y recibo las instrucciones adecuadas y necesarias para llevarlo a cabo, yo mismo podría asistir a una mujer que este a punto de dar a luz. Ahora bien, en condiciones normales, ¿soy yo el profesional indicado y mejor capacitado para desarrollar ese tipo de asistencia? Pues evidentemente no lo soy y no lo haría jamás salvo que no me quedase otro remedio debido a alguna situación extrema y no muy común fuera de las películas. Es de una obviedad tan aplastante que todo esto resulta de Perogrullo.



Pero toda esta fórmula es perfectamente reversible. Funciona en las dos direcciones. Si nos hicieran la pregunta a la inversa la respuesta sería exactamente la misma. Seguramente un arquitecto también podría realizar muchos de los trabajos específicos de un ingeniero, pero no es el profesional indicado ni el mejor capacitado para llevar a cabo esa tarea y seguramente a la larga acabaría generando más problemas que soluciones.



Poder hacer algo no significa estar capacitado profesionalmente para hacerlo. Y aunque desde ciertas instituciones se quiera vender la idea contraria, podemos asegurar que sólo está realmente capacitado para ejercer con criterio una determinada profesión aquel que se ha formado para ese propósito y ha acumulado una experiencia y un conocimiento suficiente para asegurar una determinada calidad. Repetimos, por tanto, que los únicos profesionales capaces de realizar un proyecto de Arquitectura (con mayúsculas) son los arquitectos. Le pese a quien le pese.

#5. La arquitectura son un montón de cables y tubitos metidos en una caja muy grande. 



Esta es la definición de arquitectura que ha hecho el Colegio de Ingenieros Industriales de Galicia. Acabáramos de una vez por todas, señores. Seis años de carrera y nueve años ejerciendo la profesión de arquitecto y gracias a este organismo nos enteramos hoy que la Arquitectura es nada más y nada menos que “la caja”. Si lo llegamos a saber antes nos hubiéramos ahorrado muchísimos años de esfuerzo, aprendizaje y dedicación.

Sinceramente y ahora hablando en serio, todo esto nos da vergüenza ajena y miedo: Vergüenza ajena por tener que escuchar semejantes barbaridades propias de un desconocimiento que raya en la ineptitud y miedo por pensar que la Arquitectura podría caer en un futuro en las manos de gente con ese tipo de criterio. Si esto llegase a suceder alguna vez, la Arquitectura acabará siendo literalmente “esa caja” de la que hablaba el señor decano, pero el problema es que la caja será de pino, estará a dos metros bajo tierra y llevará colgada una corona de flores con la frase “te recordaremos siempre”.



Nos permitimos darles un sencillo consejo: Traten a nuestra profesión con el mismo respeto con el que la mayor parte de los arquitectos tratan a la profesión que ustedes representan. Quizá para ustedes todo esto no sea más que un juego para reactivar una caja registradora que hace tiempo dejó de funcionar como antaño, pero para nosotros, para los arquitectos, no lo es en absoluto. La Arquitectura no es ninguna moneda de cambio con la que cubrir sus intereses recaudatorios. 
Con la Arquitectura no se juega.
#6. Autocrítica, despedida y cierre. 



Los arquitectos somos los primeros culpables de lo que está aconteciendo. Hemos denigrado nuestra propia profesión hasta dejarla en estado crítico. La hemos contaminado con nuestros actos hasta hacerla enfermar gravemente. Y deberíamos asumir nuestra responsabilidad, aprender de todo lo que hemos hecho mal y tratar por todos los medios de sanarla, antes de que sea demasiado tarde. Es nuestra obligación como profesionales volver a generar un valor real en los servicios que ofrecemos para que la Arquitectura recupere su posición en el mercado y de cara a la sociedad. No podemos confiar esa tarea a los organismos que se supone que deberían representarnos pues hace tiempo que dejaron de preocuparse por defender la profesión. Somos nosotros, cada uno de nosotros, quienes debemos demostrar con nuestros trabajos la importancia de lo que hacemos.
Todo esto que está pasando no es más que una cuestión de números. Como todo en esta vida, esto es una cuestión de dinero. Ni más ni menos. El proceso de Bolonia no tenía nada que ver con la educación sino que tan solo se trataba de mercantilizar el conocimiento y este borrador sobre la Ley de Servicios Profesionales tampoco vela por la calidad ni la libre competencia sino por los intereses de ciertas instituciones con conexiones políticas, cuyo único objetivo es seguir haciendo caja. Da igual cómo queramos pintar el problema y los infinitos frentes de debate que abramos. Esto no es una guerra entre ingenieros y arquitectos y me niego a convertirme en un guerrillero más al servicio de quienes lanzan la ley y esconden la mano.  
Nuestra profesión es muy importante. Nuestra profesión es digna de orgullo y merecedora de todo el respeto del mundo. Nuestra profesión es preciosa.
Los arquitectos no somos perfectos. Muchas veces nos equivocaremos, cometeremos errores o fallaremos estrepitosamente. Nos hemos formado para tratar de proponer nuevos escenarios y resolver situaciones muy diversas y complejas. No siempre hay reglas matemáticas para hacer bien las cosas, sino que somos nosotros los que debemos escribir esas reglas, inventar y disponer modelos, proponer nuevos sistemas y lenguajes para transformar la realidad e intentar anticiparnos a problemas inesperados que van mucho más allá de la técnica o el criterio constructivo.

Los arquitectos no somos infalibles, pero ponemos pasión, ilusión, valentía y profesionalidad en cada uno de los proyectos en los que trabajamos. Nos dejamos la piel intentando mejorar cada día. Nos hemos formado duramente para ello y seguiremos aprendiendo, con nuestros errores y nuestros aciertos, durante toda la vida. Y si todavía hoy continuamos adelante es simplemente gracias a la necesidad de seguir haciendo posible la buena Arquitectura.

Porque eso es precisamente lo que hacemos nosotros, los arquitectos. Hacemos posible la Arquitectura. Y eso es lo que seguiremos haciendo, mientras nos dejen.

#NOalaLSP