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30 jun. 2018

BSO


Esta semana han comenzado a cantar las chicharras en Shanghai. 

[Tras escribir el post he descubierto que las cigarras, al igual que los grillos, no cantan sino que estridulan. Así que mejor comenzamos otra vez 🙃] 

Esta mañana han comenzado a estridular las chicharras en Shanghai. Su sonido es como una alarma para los que vivimos a este lado del mundo. Un kindly reminder que llega cada año por estas fechas para alertarnos acerca de ciertos acontecimientos que van a suceder de manera inmediata. Para empezar, su ensordecedora resonancia metálica nos avisa de la llegada del bochorno que, casi con toda seguridad, se quedará con nosotros hasta principios o mediados de septiembre. Llega el temido verano y con él comienza el trimestre más duro del año en esta ciudad. Llega la humedad, el insoportable calor y esas noches en las que uno no puede pegar ojo ni siquiera con el aire acondicionado a tope.

Si no has pasado un verano en Shanghai, no conoces el Infierno.

También nos advierten de la llegada de las lluvias torrenciales. Esas tormentas instantáneas de ‘SE-NOS-CAE-EL-CIELO-ENCIMA-OH-DIOS-MÍO-VAMOS-A-MORIR-TODOS-ES-EL-FIN-DEL-MUNDO-HUYAMOS’. En tan solo cuestión de minutos la ciudad se transforma, la luz cambia por completo, surgen los destellos intermitentes de los truenos y relámpagos, los rascacielos desaparecen tras una densa bruma que lo inunda todo y comienza el espectáculo. La foto que encabeza este post la saqué hace unos de días desde mi oficina e ilustra justo los instantes previos al derrumbamiento del cielo sobre nuestras cabezas. Estos mini-apocalipsis subtropicales golpean con una violencia extrema pero tienen una duración mínima. Al cabo de un rato todo vuelve al estado de calma anterior como si nada hubiese sucedido.

Por último, la sintonía de las chicharras nos anuncia una inminente despedida. Su propia despedida. Tras permanecer durante unos 17 años enterradas bajo tierra alimentándose de la savia de las raíces, las cigarras emergen del subsuelo, trepan a los árboles, cambian de piel y adquieren la forma adulta con la que viven un período de unas tres o cuatro semanas. Durante ese breve lapso de tiempo, los machos emiten su característico sonido gracias a unos sacos de aire situados en el abdomen que inflan y desinflan mediante unas membranas especiales denominadas timbales. Su objetivo con esta contagiosa jam-session es atraer a las cigarras hembras para aparearse y tener descendencia antes de morir.

Tras casi dos décadas sin ver la luz del sol, las chicharras nos dicen adios llenando de música las calles y convirtiéndose durante sus últimas semanas de vida en las virtuosas artífices de la Banda Sonora Original de los veranos de Shanghai.

Porque siempre es bueno marcharse haciendo un poco de ruido. 

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