12 mar. 2008

En libertad condicional

— Los arquitectos somos los únicos profesionales que vivimos durante toda nuestra vida en libertad condicional.



—¿En libertad condicional? ¿Y eso?



— Mira a tu alrededor. El arquitecto asume responsabilidades. Hoy en día esta es una de sus funciones más reclamadas. Da igual que, según su criterio, un arquitecto considere que es mejor hacer las cosas de una determinada manera o de otra. Eso es lo de menos para mucha gente. Ahora bien, en el momento en que algo no va como estaba previsto, el cliente descuelga el teléfono y llama al arquitecto exigiéndole que subsane el error al instante. En algunos casos el que se pone en contacto con el arquitecto resulta ser directamente el abogado de la propiedad. Y están en todo su derecho de hacerlo, la verdad.

— Es normal que se necesite una figura responsable, al igual que pasa en otros campos. Alguien que tome decisiones y asuma consecuencias. Son gajes del oficio como suele decirse.



— Claro. Asumir responsabilidades. El arquitecto siempre es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Cuando estampa su firma en un proyecto, él da fe de que todo lo que se va a construir ha estado bajo su supervisión. Si esto fuera Suiza puede que esto se ajustase bastante a la realidad. Allí la gran mayoría de los proyectos se construyen tal y como está especificado en los planos sin apenas variación alguna. Se pacta un proyecto y unas soluciones entre el cliente, el arquitecto y la constructora. Se acuerdan unos resultados y se fijan unos costes y unos plazos de ejecución. Se dibujan unos planos y se ejecuta la obra tal y como se especifica en dichos planos. Con una precisión de acabados milimétrica. Se presentan detalles constructivos específicos para cada encuentro, hasta el punto de hacer diferentes planos para diferentes juntas de solape de las impermeabilizaciones de las cubiertas. Como si fuera la construcción de un barco o de una aeronave. Preciso como una operación de cirugía.

Pero aquí las cosas no funcionan así. En obra se modifican los planos. Se producen exigencias que alteran el proyecto en mitad de la ejecución y se resuelven los encuentros en reuniones a pie de tajo. Eso sí, la responsabilidad con la que carga el arquitecto es la misma si se tiene todo cerrado al empezar la obra o si esta comienza con los planos de un edificio que probablemente no se parezca demasiado al resultado final del mismo, como sucede casi siempre por causas que normalmente tienen que ver con el cumplimiento de plazos imposibles. En Suiza el arquitecto gana más que aquí y asume responsabilidades muy similares. Pero se cubre bien las espaldas y tiene todo muy atado antes de comenzar a mover tierras y levantar estructuras.



— Te refieres a que para poder asumir toda esa carga de responsabilidades se necesitaría tener al menos unos documentos inamovibles y contractuales en los que se limite de manera precisa y concreta hasta dónde puede el arquitecto asegurar que el proceso constructivo está controlado, al margen de esas alteraciones significativas que cambian por completo lo pactado, ¿verdad?



— Exacto. Veamos, imagina por un momento el siguiente caso. Vas a construir un edificio de viviendas donde van a vivir 5 familias. Llegáis a un acuerdo y se redacta el proyecto de ejecución. Se otorgan las licencias y todo está preparado para comenzar la construcción. En ese momento, cuando las 5 familias están contemplando cómo los primeros bulldozers van a empezar a hacer el agujero que acogerá los cimientos de sus futuras casas, llegas tú, el arquitecto, y les das un papel donde dice, con palabras técnicas y otras terminologías legales, que te comprometes a llevar a cabo la obra pero que existe el riesgo de que las cosas se compliquen y en ese caso será la propiedad la que asuma la responsabilidad total de sus consecuencias.


Véase: que el edificio se venga abajo y mueran sepultados bajo los escombros, o que aparezcan tal cantidad de goteras que tengan que desplazarse en barca por el interior de la vivienda, o que deje de funcionar la calefacción en pleno invierno y tengan que hacer hogueras en el salón para calentarse.

También se contemplarían en estos supuestos temas tales como el deterioro de los acabados constructivos, el desprendimiento de elementos de las fachadas o cubierta, el asentamiento indebido del edificio con la aparición de las grietas oportunas, y el derrumbe total o parcial por el uso indebido del inmueble. Es decir, que han de asumir, por escrito y ante notario, que en caso de que haya complicaciones, la propiedad será la responsable, y aceptan ponerse en las manos de un arquitecto, siendo conscientes de lo que esta acción implica. 'Firmen aquí y también aquí, por favor', les dices.



— ¡Pero, eso es imposible! Nadie en su sano juicio aceptaría firmar un compromiso así. Nadie estaría dispuesto a asumir la responsabilidad de sufrir serias secuelas físicas llegando incluso a su propia muerte, por ponerse en las manos de un profesional. Es absolutamente ridículo.



— ¿Seguro? Esto no quiere decir que estuvieses exento de cualquier responsabilidad, solo que exiges que la otra parte también asuma parte de ellas. ¿Estás seguro de que este tipo de contratos no existen en la vida real, en ninguna práctica profesional que conozcas?



— Seguro. Estoy convencido de que no existe tal cosa.



— ¿Has probado a ir a un hospital a operarte de lo que sea, a pesar de ser una operación sin riesgo aparente para tu persona? ¿No has firmado un contrato similar al ponerte en manos de la medicina?



— Bueno, es cierto. Sí. Cuando me operaron de apendicitis tuve que firmar un papel donde yo asumía el riesgo y la responsabilidad de someterme a una operación quirúrgica.


— Así es. Asumiste parte de la responsabilidad. Se cubrieron un poquito más las espaldas con ese papel. Y sin ese papel, no hay cirugía. Es el mismo caso que acabo de exponerte, aplicado a otro campo. Esto, amigo mío, en el argot profesional tiene un nombre: Montárselo de puta madre.


Nosotros, mientras tanto, viviremos continuamente en libertad condicional el resto de nuestras profesionales vidas.

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