10 mar. 2008

El menos común de los sentidos

Que las mentes malintencionadas dejen de funcionar. Que se pare la maquinaria del piensa mal y acertarás. No relativicemos todos los comentarios ni tratemos de buscar la vuelta de tuerca a las cosas. Sirva este anexo como aclaración. Digamos que esto es un 'por si acaso'.



No estamos en contra de todas las normativas. No queremos que muera gente en los incendios ni tampoco insinuamos que un minusválido no debe poder acceder a todos los puntos de un edificio como cualquier otra persona. No buscamos que la gente construya como quiera y donde quiera sin ningún control. No queremos que los niños puedan trepar por todas las barandillas del mundo para poder caer al vacío desde un octavo piso y morir aplastados en el asfalto. Ni queremos que un señor se rompa la nuca por patinar en un suelo que no cumpla el coeficiente de resbaladicidad establecido. Ni siquiera nos hace gracia que alguien pueda morir axfisiado en su dormitorio a consecuencia de la falta de ventilación producida por el incumpliento del Documento Básico de Salubridad. No queremos ni muertes ni desgracias ni injusticias. Entendemos que no es necesiario argumentar tales obviedades, pero como la tendencia habitual en blogs y foros varios es la de 'no querer entender las cosas simples', hemos decidido que no estaría de más aclarar los puntos que damos por supuestos.

Simplemente pensamos que la mayor parte de las normativas no están planteadas con los fines que aparentan. Muchas sólo están pensadas para echar la culpa a alguien de lo que pueda llegar a pasar algún día. 

Son mecanismos de control.



Las normativas, tal y como están concebidas y desarrolladas hoy en día, respondiendo únicamente a patrones económicos como depuradoras de responsabilidades civiles y penales, lo único que consiguen es uniformar las ciudades y monotonizar soluciones. Quitar carácter a los espacios públicos y militarizar los espacios privados. Evitar el instinto y eliminar la casualidad. Limitar la sorpresa. Coartar la humanidad. Tratar al hombre como un ser sin cerebro que quiere tirarse por todos los huecos que ve, y abrirse la cabeza con cualquier esquina. Deslegitimizar la casualidad y la espontaneidad de las ciudades y convertirlas en colmenas interrumpidas por calles por donde circulan los coches y mal-circulan los cuerpos. Los buenos juegos se generan con pocas reglas. Si son pocas, pero flexibles e inteligentes, darán lugar a multitud de situaciones y tendrán cabida diversas formas de desarrollo y diferentes soluciones para cada caso. Si son muchas, pero restrictivas, absurdas y tontas, se obtendrán resultados limitados, absurdos y tontos.



¿Dónde está el límite moral de las restricciones? ¿La única manera justa de solucionar las cosas en este mundo es que paguen justos por pecadores? ¿Por qué se supone que todos los arquitectos del mundo harían las cosas mal en ausencia de tales normas y códigos? ¿Somos todos culpables hasta que se demuestre lo contrario?



Creemos que el desorden genera nuevos modelos de ciudad y la libre-actuación da lugar a la singularización de lugares. La sorpresa y la aleatoriedad son instrumentos con los que el hombre no puede dejar de contar, porque si lo hace perderá su condición humana.



La única normativa que debería existir es el sentido común y la intención de hacer las cosas bien. Lástima que este sentido común tan necesario sea, por regla general, el menos común de los sentidos

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