10 abr. 2010

Los cien años de la Gran Vida



La conocí hace ahora 14 años.


Ya por aquel entonces estaba guapa. Me gustaba ir a visitarla muy a menudo y ella siempre estaba encantada de recibir visitas. Nos quedábamos mirándonos a los ojos durante horas. Ella era especial. Tenía algo único que enamoraba. Las demás calles de Madrid tenían celos de ella y la observaban de reojo con suspicacia.

1.316 metros de longitud por 25 metros de anchura.


Desde la calle Alcalá hasta la Plaza de España.


Nombrada en origen: 'Proyecto de prolongación de la calle Preciados, describiendo una gran avenida transversal este-oeste entre la calle de Alcalá y la plaza de San Marcial'.


Ejecutada en tres tramos: 


1. Avenida B, entre la calle de Alcalá y la de Montera (1910-1915) 
2. El Bulevar, entre la Red de San Luis y Callao (1917-1922) 
3. Avenida A, entre Callao y la plaza de España en conexión con la calle Princesa (1925-1929)

La Gran Vía de Madrid es más que una calle. Es un lugar. Es un buen lugar. 

Desde que llegué a Madrid en el año 96 me quedé fascinado con su fuerza y su energía. Recuerdo que pensé: "Esta calle es el paseo marítimo de Madrid. Es donde la gente va. Es por donde la gente pasea. Es donde la gente se mira, se mezcla y se relaciona. Es donde las personas acuden sin tener un motivo concreto. Llegamos a ella de manera automática como si nos sintiésemos irremediablemente atraidos. Como si fuera un gran paseo junto al mar en una ciudad costera."

Hoy en día sigo creyendo lo mismo. Todavía sigo pensando que es magnífica.


También recuerdo como, unos cuantos años más tarde, en la Escuela de Arquitectura de Madrid algunos profesores comenzaron a criticarla en sus clases, a meterse con su trazado, con los angelotes que decoraban las fachadas de ciertos edificios o con los propios edificios que la conformaban. Y yo me preguntaba, ¿por qué? ¿Qué tienen que ver los angelotes en todo esto? ¿Qué importancia tienen las cúpulas o las fenefas decorativas? ¿Qué más da si te gustan o no los edificios que la componen? Para mí aquellas críticas carecían de fundamento. Las cosas eran más importantes y complejas que todo aquello. 


La Gran Vía era algo más. Tenía algo que no podía ser criticado por un ridículo 'bonito' o 'feo' puramente estético y subjetivo. La Gran Vía era magnífica porque en ella no importaban las modas, ni los ritos, ni las costumbres. ¿Qué tenía que tener entonces el urbanismo para que funcionara y para que fuera bueno? Si esta calle, que era el ejemplo vivo de cómo tiene que ser una ciudad, me están diciendo que es mala... entonces.... ¿qué es lo bueno?

Aún hoy, tras 14 años recorriéndola a diario de arriba abajo, no me canso de observarla ni de vivirla. Cada día la admiro. Cada día la siento. Veo cómo respira y cómo resopla. Cómo gime y como a veces pronuncia mi nombre de manera casi imperceptible. Cómo se transforma con el paso del tiempo, cómo se enfada y cómo se ríe a carcajadas. Cómo se asea, cómo trasnocha y cómo se despereza por las mañanas con los primeros rayos de sol que impactan en los edificios que la delimitan. A veces creo que incluso yo me desperezo a la vez que ella, cuando siento los mismos destellos de luz de la mañana. La siento. Siento cómo sufre y cómo llora. Contemplo cómo se lame las heridas y cómo van cicatrizando algunas de ellas, mientras que otras nuevas se abren y empiezan a sangrar a borbotones. Siento su ruido ensordecedor y su silencio. Siento su agonía. Siento su alegría. Siento su angustia. Siento su lamento. Veo cómo se viste de etiqueta para las ocasiones especiales y cómo adopta un look más informal cuando el momento así lo requiere. Se arregla y se pone guapa para nosotros cada día.


La miro y veo cómo se adapta a nuestras modas, a nuestras creencias. Al caminarla, todos nos sentimos acogidos en su asfalto. Nadie se siente discriminado. Emos, floggers, grunges, góticos, darks, heavies, hippies, mods, canis, frikis, otakus, rastafaris, reggetoneros, skaters, pijos, punks, raperos, turistas, rockeros, rateros, trilleros, putas, clientes, borrachos, ejecutivos, mendigos, hombres-anuncio, proxenetas, chinos, poetas, macarras, retros, skin heads, sharps, famosos, anónimos, travestis, okupas, republicanos, nacionales, fascistas, socialistas, comunistas, estudiantes, trabajadores, empresarios... todos somos abrazados por ella cuando la recorremos. Nos trata a todos por igual. Nadie es diferente allí. Nadie es distinto a nadie. Ella no diferencia entre el que compra en Loewe y el que lo hace en Bershka.


Ella solo nos contempla. Ella nos acoge sin prejuicios ni preguntas. Ella actúa de escenario. Ella es el escaparate de nuestras obsesiones. Ella es el vertedero de nuestros espíritus estrafalarios, de nuestros odios infinitos y de nuestros deseos insaciables. Ella es simplemente, la cajita donde guardar con llave nuestros pecados y donde organizar las penitencias que no queremos cumplir.

La Gran Vía de Madrid no ha dejado de soprendernos ni un sólo día en todo este tiempo. Y eso, es lo mejor que puede ofrecernos un lugar...


Felicidades por esos 100 años que ha cumplido la 'Gran Via' de Madrid.

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