15 ene. 2010

Shalom | Salam

Militares israelíes en la ciudad vieja de Hebrón | Fotografía de Julen Asua 
Acabamos de regresar de un viaje que nos ha llevado a recorrer el "País de las Capitales de los Opios de Todos Pueblos del Mundo". Nos hemos acercado a la llamada Tierra Santa, aquella que hace más de dos mil años fue testigo de la aparición (y desaparición) del primer revolucionario de la Historia del Hombre, y hoy en día es la cuna de la intolerancia y la desvergüenza humana, gracias a aquellos que se encargan de hacer la guerra en el nombre de una determinada fe. Tierra de controversia, confrontación y egoismo en estado puro desde los días en que los primeros hombres caminaran por sus desiertos y recorrieran sus llanuras y sus valles.

Hemos recorrido durante 11 días el Estado de Israel y los Territorios Palestinos que todavía aguantan la presión del ejército israelí en la zona de Cisjordania. Nos han encantado los lugares y las gentes que hemos conocido y nos hemos quedado perplejos con la tensión que se respira en muchas de las ciudades que hemos visitado. Una tensión, por cierto, perfectamente silenciada gracias a los innumerables controles, checkpoints y hombres armados hasta los dientes con fusiles y granadas de mano, que te cruzabas por el camino cada vez que recorrías una carretera o cada vez que girabas una esquina en una calle.

Como siempre, este viaje lo hemos realizado por nuestra cuenta, llevando únicamente el vuelo de ida y vuelta Madrid-Tel Aviv, y echándonos una mochila a la espalda. Cada día estamos más convencidos de que esta es la única manera de moverse por el mundo y de conocer realmente los sitios por donde pasas. Ha sido un viaje espectacular en el que nos hemos recorrido el país de arriba a abajo gracias en parte a que una vez allí, tomamos la decisión de alquilar un coche durante cinco días y nos permitió movernos libremente sin depender del transporte público.


Esta decisión, que como digo fue crucial en el transcurso del viaje, la tomamos teniendo en cuenta varios factores:


1. Vimos que las distancias entre los lugares que queríamos visitar eran muy pequeñas y en un sólo día podías recorrerte todo el país de norte a sur sin problema y sin depender de autobuses.


2. La manera de conducir de los israelíes es muy buena, las carreteras están en unas condiciones inmejorables y la señalización es perfecta ya que los carteles, además de estar escritos en hebreo y en árabe, lo están también en inglés.


3. El transporte público es únicamente el autobús. No hay prácticamente red ferroviaria. Los autobuses funcionan muy bien entre núcleos metropolitanos grandes como Jerusalén y Tel Aviv, pero no nos servía para llegar a zonas del Desierto de Judea, Mar Muerto o Altos del Golán, debido a que al ir sin hoteles no podíamos arriesgarnos a llegar a uno de estos puntos que no cuentan con una buena infraestructura de alojamiento, y no tener dónde dormir. Eso hubiera supuesto (en caso de ir sin un coche) quedarte tirado en medio de la nada, y por tanto no queríamos movernos por estas zonas sin tener reservado un hotel previamente. El autobús, por contra, se convirtió en la única manera de atravesar el Muro y llegar a Territorios Palestinos como Bethlehem y Hebrón.


4. No hay ningún problema para moverse por Cisjordania con un coche de matrícula israelí, a pesar de que antes de llegar allí pensábamos que esto era imposible. Únicamente tienes que evitar entrar con el coche en algunos focos urbanos dispersos (como Bethlehem, Jericó, Nablús, Ramala o Hebrón) que están gobernados por la Autoridad Nacional Palestina.


5. Israel nos ha parecido un país caro en general. Solo hay una cosa barata en Israel: el alquiler de un coche. Creemos que 35 €/día por un Ford Focus con seguro a todo riesgo y kilometraje ilimitado es un precio muy competitivo en comparación al del transporte público.


Hemos recorrido la Old City de Jerusalén, descubriendo todos sus rincones e impregnándonos de todos sus siglos de historia, conquistas, victorias, derrotas y sangre derramada. Hemos atravesado el Desierto de Judea con sus interminables formaciones salinas, mientras los cazas sobrevolaban el Mar Muerto cada dos por tres con su grito ensordecedor, de día y de noche sin interrupción, perturbando la maravillosa calma que allí se respiraba. Hemos flotado en las aguas del Mar Muerto mientras contemplábamos las tierras de Jordania al otro lado, observándonos tras una invisible línea fronteriza que transcurre dividiendo sus aguas por la mitad. La sal de sus aguas ha impregnado y limpiado nuestros cuerpos mientras disfrutábamos de la sensación de ingravidez que experimentas al bañarte en este lugar tan especial llamado Ein Gedi. No caminamos sobre estas aguas, pero poco nos faltó.


Hemos caminado por el lugar más bajo de toda la Tierra, situado a 450 metros bajo el nivel del mar. Hemos ascendido a la colina de Mezada, para contemplar la salida del sol desde esta atalaya natural en mitad del desierto. Hemos descubierto cómo el desierto se tiñe de un amarillo rojizo con las primeras luces de la mañana, mientras de fondo sonaba el Here comes the sun de George Harrison... y nos hemos contagiado de la historia de esta milenaria fortaleza que ofrece unas vistas sobrecogedoras del Desierto, del Mar y de Jordania. Nos hemos quedado boquiabiertos con la ciudad romana de Bet She'an y con las maravillosas tierras y paisajes de Galilea. Hemos visto la majestuosidad de las montañas y los valles que conforman los Altos del Golán, y hemos visto cómo cambiaba el paisaje con cada kilómetro que recorríamos para pasar del árido desierto del sur a estos verdes valles de la zona norte.


Hemos atravesado innumerables checkpoints situados estratégicamente por todo el país. Hemos compartido lugares sagrados con gente armada hasta los dientes. Nos hemos cruzado con padres que daban un apacible paseo por los callejones de Jerusalén... cogiendo con una de sus manos a su hijita de 3 años, y con la otra un fusil de asalto con mira telescópica. Hemos visto niñas y niños correteando por las calles mientras jugaban a "ser mayores" con pequeñas armas y metralletas de plástico. Hemos estado a ambos lados del muro de la vergüenza, que crece y se reproduce como un ser vivo hambriento por diversos enclaves de Cisjordania, comprimiendo y asfixiando progresivamente a un pueblo encerrado y sometido a las presiones del ejército israelí. Una barrera de unos 10 metros de altura compuesta por millones de secciones prefabricadas de hormigón armado y alambradas de espinos parecidas a la corona que hace dos mil años colocaron sobre la cabeza del llamado Rey de los Judíos. Un muro al que nadie mira. Un muro del que nadie habla. Un muro que forma ya parte de la historia de esta Tierra Santa, y que demuestra el grado de conflicto que se respira por cada rincón. Un muro para que todos reflexionemos sobre la vergüenza de pertenecer a nuestra especie. Un muro que no solo separa a israelíes y a palestinos, sino que nos separa a todos de todos... Un muro para olvidar.


Nos hemos dado cuenta de que, dejando a un lado los prejuicios y las ideas preconcebidas, tenemos más empatía con el mundo musulmán que con el judio. ¿Será porque conocemos más sus tradiciones y sus costumbres? ¿Será porque hemos viajado a tantos países islámicos que comprendemos más ciertas actitudes o maneras de actuar? ¿O será porque como dijo Raquel, una amiga nuestra, tenemos una relación de empatía histórica, cultural y humana, que hace que seamos pueblos que están destinados a entenderse mejor? No sabemos por qué, pero algo hay que hace que nos sintamos más cómodos, más queridos, más acogidos y en definitiva, mejor.


También hemos tenido nuestro particular regalo de Reyes. El día 6 de enero decidimos que nuestro autoregalo sería contemplar y bañarnos en tres Mares diferentes dentro de ese mismo día. Y así lo hicimos. En un solo día estuvimos saboreando las saladas y sulfurosas aguas del misterioso y menguante Mar Muerto, las plácidas y tranquilas aguas del sagrado y bíblico Mar de Galilea, y por último las familiares y extensas aguas del más grande de los mares interiores del planeta, el Mar Mediterráneo. Fue un regalo maravilloso y difícilmente repetible.


Nos hemos perdido por las callejuelas de la ciudad-fortaleza de Akko. Una ciudad de los cruzados en la que estuvimos muy cómodos. Descubriendo sus túneles y construcciones, disfrutando de sus maravillosos habitantes y compartiendo un narguile y un té caliente mientras conversábamos acerca de las cosas que habíamos visto en ese día. Hemos cruzado Haifa con su paisaje industrial y abrupto para poner rumbo a Jaffa y Tel Aviv mientras bordeábamos la soleada costa mediterránea.


Y por supuesto hemos vivido la ciudad de Jerusalén... o como la bautizamos allí... la "Capital del Egoísmo". Jerusalén tiene lugares sagrados pertenecientes a las tres religiones monoteístas más importantes del mundo, mezclados y entremezclados los unos con los otros, superpuestos y comprimidos como si se tratase de un gran escaparate de la fe... Jerusalén tiene una gran muralla que concentra en su interior reliquias y espacios santos, sagrados, únicos, intocables e insustituibles para cada credo. Nada ni nadie puede escapar de sus altos muros. Todo se vende y la fe y la espiritualidad religiosa (sea del signo que sea) impregna cada uno de los rincones de esta ciudad santa. Es un gran mercado de la fe. Esta muralla debería tener un efecto contrario al Muro de la Vergüenza ya que debería unir en vez de separar... pero la realidad es que cada uno reclama su pequeña parcelita dentro del negocio y la defiende incluso con armas si es necesario. La realidad es que el egoísmo y la intolerancia se respira por cada lugar, y en cada minuto del día. Es una ciudad espectacular y muy interesante tanto a nivel religioso, como histórico, como político o cultural. Es magnífico recorrerla durante días y observar el contraste entre sus barrios. Perderse en su interior sin tener un rumbo definido es una experiencia única. No podemos resumir con palabras lo que se siente, y tenemos un poco la misma sensación que tuvimos al llegar de India... que hay cosas que no se pueden comunicar... que no pueden ser explicadas.


Resumiendo... un viaje único.


Nuestro viaje a este país de Oriente Medio no se centraba en motivos religiosos, a pesar de que es imposible en el caso de Israel separar el lado histórico, cultural, político y humano, del religioso.


Viajamos sin fe, y volvimos con menos fe todavía. Ni fe en ningún Dios, ni fe en el Hombre.


Y como decimos siempre que regresamos de un viaje... queremos conocer todas las ciudades del mundo... queremos conocer todos los rincones de la Tierra....


Y en eso andamos....


Shalom / Salam Aleikum

1 comentario :

nmas1 dijo...

"Viajamos sin fe, y volvimos con menos fe todavía. Ni fe en ningún Dios, ni fe en el Hombre"

Buena reflexión. Yo también pagaría por conocer todas las ciudades del mundo. Si queréis venir al Este, aquí tenéis sitio para quedaros.

(María)