25 sept. 2009

Una ciudad entre los trópicos y entre las épocas

Muros encalados, azoteas a la catalana, con ese olor peculiar. Ventanas enormes, tan grandes como puertas. Enrejadas y llenas de macetas y de flores por las que respiran cuartos dignos en los que apetece echarse una siesta después de comer en el patio de la casa o bajo los árboles frutales que están plantados en cuadrículas en los jardines particulares. Los mismos árboles que están plantados a su vez en hileras por las aceras blandas y de bordillos bajitos. Aceras jalonadas por portalones de peinacería que dejan entrevistos zaguanes frescos, plazuelas y fuentecillas en muros de piedra y en esquinas reforzadasde piedra, con caños de los que manan chorros de agua limpia por aquí y por allá.

Calles de múltiples tamaños y anchuras dispuestas como ortogonales entre sí, entre las que de vez en cuando hay alguna sabiamente torcida e inesperada, con su casa curiosa y su esquina para la cita. Otras calles con pórticos de madera o de piedra o de ladrillo. Otras con arquerías y otras con pérgolas y toldos, las de las tiendas ordenadas. 

Y otras con canales, puentecillos, y hasta alguna con para barcas para transportar a la gente de una orilla a otra.

Y también algún espacio amplio y sin pretensiones de ser nada más que espacio y de tener amplitud. Y que lo sea sin que haya más que un buen suelo nivelado, empedrado, o de tierra prensada, o de hierba cortada cada cierto tiempo, hecho para las fiestas y para las reuniones numerosas, rodeado por sencillez y saber constructivo. 

Los muros de los jardines, amables. Los edificios, cuidados. Las sombras, donde tienen que estar. Con lugares para sentarse, tumbarse y disfrutar a placer del que lo vive. Una ciudad de nueva planta que siempre estuvo allí y se fue formado con los años. Una metrópolis del tamaño de un pueblo forjada a base de emociones e ilusiones. 

Una ciudad hecha para el crecimiento de lo común, puesta entre los trópicos y entre las épocas.

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