jueves, 30 de octubre de 2008

¿Nos gusta la innovación? o Contra el Efecto Photocall



video

¿Por qué nos cuesta tanto encajar lo nuevo? ¿Por qué somos tan conservadores en nuestros hábitos y estilos de vida? ¿Es lógico pensar que todo lo nuevo será irremediablemente peor?

Creemos que se le ha dado durante mucho tiempo un uso erróneo al concepto de innovar. Algo muy parecido a lo que ha pasado con otros conceptos abstractos como ecología, sostenibilidad o creatividad. Para algunos, innovar pasa simplemente por ser original, por ser diferente, por marcar las distancias, por llamar la atención para "parecer" distinto y por no aportar nada más que un disfraz de lo ya existe en el mercado. Hoy en día no hay que ser un buen profesional sino simplemente parecerlo.

Para una gran mayoría, el concepto de innovación va unido a lo estrambótico, a lo complejo y a lo indescifrable. Esto se resumiría en una máxima que suelen aplicar los mediocres para disfrazarse de intelectuales: "Si algo parece lo suficientemente complicado y nadie es capaz de comprenderlo, entonces creerán que es bueno". O mejor otra que aprendimos y aplicamos muy bien en la Escuela: "Si no puedes convencerles, confúndeles". Un concepto que choca frontalmente con la base de la mayor parte de las ideas realmente innovadoras que han tenido lugar a lo largo de la historia, que por regla general, han partido de preceptos relativamente sencillos.

Esta banalización de la innovación es, en nuestra opinión, una de las razones por las que por encima de las cabezas de todos los usuarios ronda siempre esa duda razonable en lo referente a los cambios. La innovación no es la originalidad por la originalidad. Alguien no innova por llamar más la atención sino por haber reflexionado sobre un problema y haber buscado una solución más óptima y más viable.

Casi cualquier producto nuevo que sale al mercado o cualquier empresa que quiere dar una imagen puntera, utiliza la palabra innovación en su vocabulario de marketing. Innovación en nuestra era se asemeja sospechosamente a la palabra sostenibilidad, ya que luce muy bien en las etiquetas de algunos productos/proyectos, así como en la cabecera del perfil empresarial de ciertas páginas webs corporativas, pero a la hora de la verdad se queda en pura palabrería. Cuando un profesional recurre a estas estrategias de marketing de la palabra y no ofrece resultados acordes a las descripciones que venden de su trabajo... algo falla...

Nosotros no hemos estudiado una carrera para acabar vendiendo "humo" caro. Nos hemos preparado para ser unos buenos técnicos y unos honestos profesionales.

Por supuesto, y debido a lo anteriormente expuesto, con el transcurrir de los años, los clientes se vuelven cada vez más reticentes a asumir estos adjetivos asociados a los productos como algo que realmente mejorará sus vidas. Y dudan. Y temen. Y sospechan.

El ser humano es conservador por naturaleza ya que tiende a creer que lo que tiene en cada momento es lo mejor y así poder reproducir una situación de ilusión de felicidad. "Si lo que nos rodea está bien, entonces nosotros estamos bien". Eso no quiere decir que no haya gente que arriesgue o que no tenga miedo al cambio, pero estos cambios suelen tener que ver más con el atrezzo de nuestras vidas que con nuestras vidas en sí mismas. El hombre, al fin y al cabo, suele asumir con naturalidad cambios asociados a la tecnología y a ciertos "periféricos" de su vida, pero es conservador en los hábitos y en las costumbres adquiridas. Nos cuesta asumir estas alteraciones. Es más fácil cambiar de televisión, de ordenador portátil o de calzado, que cambiar nuestros modos de vida, nuestros sistemas de costumbres o nuestros mecanismos de pensamiento.

Y nosotros, los arquitectos, tenemos un serio problema con esto, ya que en ciertas ocasiones nos invade la fea costumbre de intentar modificar de manera sustancial los "modos de vida" de nuestros clientes. Este problema tiene su punto álgido en el ámbito de lo doméstico, pues es en el "hogar" donde las personas se proyectan a sí mismas, y es en la casa donde reflejan el lado más profundo de su personalidad, sus costumbres más arraigadas y sus anhelos más íntimos. Y este, amigos, es un territorio muy peligroso.

Si ya resulta complicado innovar con productos tangibles (tal y como muestra con humor el video enlazado arriba) imaginemos por un momento lo difícil que resulta hacerlo con productos intangibles y caros como es nuestro caso. El cliente tiene delante a un desconocido que está diciéndole cómo tiene que vivir, cómo tiene que organizar su hogar y cómo debe moverse por sus estancias íntimas. Esto crea desconcierto y desconfianza. Pero nosotros seguimos empeñados en liarnos la manta a la cabeza y hablarles de protoespacios y metalugares. No todo se reduce a que no nos entiendan. Que a los médicos les haya funcionado no quiere decir que nos vaya a funcionar a nosotros.

En el caso concreto de lo doméstico como paradigma del lado más íntimo del hombre, nuestra pregunta es la siguiente: ¿Enfocamos nuestros esfuerzos intelectuales correctamente? ¿Dirigimos bien nuestro trabajo y calibramos correctamente nuestros objetivos? Hay muchísimos estudios de arquitectura que enfocan su innovación y su supuesta contemporaneidad en inducir y trabajar sobre nuevos métodos y sistemas del concepto de habitar.

Pero la cuestión es: ¿Estamos cargando las tintas en lo que realmente importa o queremos instruir al mundo con nuestra sabiduría y mostrarles el camino correcto? ¿Realmente conseguimos innovar en algo? ¿Tenemos esa capacidad?

Antiguamente (y no tenemos que remontarnos al Renacimiento) el arquitecto sí que ofrecia soluciones innovadoras y relativamente sencillas ante problemas espaciales, arquitectónicos y constructivos, mientras que ahora mismo cuesta encontrar un arquitecto que realmente esté más preocupado de sus edificios que de su propio ego como artista o pseudocientífico-técnico.

Encontramos más innovador y, por qué no decirlo, más artístico, un buen trabajo de un gran equipo de ingenieros que cualquier intento de investigación sociológica espacial de muchos arquitectos. No hay más que acudir a una exposición de arquitectura para impregnarse del ambiente que reina en estos eventos, y percibir con asombro cómo muchos están más pendientes del "Efecto Photocall" que de su propia obra.

Quizá todavía no sea tarde para reaccionar y demostrar a la sociedad que tenemos la capacidad de ofrecer productos de calidad, e incluso que de vez en cuando sí que tenemos ideas innovadoras que mejoren la calidad de vida de los usuarios hasta el punto de convertirse en parte de sus rutinas. Quizá no sea todavía tarde para demostrar que, detrás de los discursos y las ideas, existe una voluntad honesta de hacer las cosas bien. Quizá no sea todavía tarde para demostrar nuestra profesionalidad y mantener en pie nuestra labor en el mundo. Creemos que la arquitectura debería tener un componente innovador real para poder encajar con la sociedad para la que trabajamos. La arquitectura tiene una gran importancia, a pesar de el daño que están haciendo algunos charlatanes vendedores de egos.

Lo que está claro es que las ideas realmente buenas acaban formando parte de nuestras vidas, por mucho que nos cueste asumir en ellas cuestiones innovadoras que nos hacen tener que adaptarnos.

Seamos profesionales e innovemos de verdad. Sin disfraces. Sin maquillajes. Sin Photocalls.

Seguro que nos irá mucho mejor y... por mucho que cueste introducir ciertas mejoras... si de verdad lo son... seguro que al final la sociedad sabrá valorarlo y cuajará, pasando a formar parte de nuestras vidas.... como ha ocurrido otras tantas veces a lo largo de la historia del hombre.

2 comentarios:

JMER dijo...

Magnifico.

Enhorabuena, me apunto desde ya lo del "Efecto Photocall". Muy buena definicion. Pega muy bien con el "Hola" [El Croquis].

Inmenso dijo...

El problema radica en que no es en absoluto cierto que las escuelas de arquitectura (hablo por la de Madrid, que es la que conozco) formen a nadie para convertirlo en un profesional honesto y comprometido, sino que más bien el muestran el camino de baldosas amarillas hacia la portada de El Croquis. No se explica si no que el PFC de Izaskun Chinchilla no sea un suspenso estrepitoso (es, no te lo pierdas, una Matrícula de Honor), que el de Luis Úrculo, ahora tan en boca de todos a cuenta de su trabajo como diseñador (que no como arquitecto...), tenga un rotundo sobresaliente sin un sólo plano de construcción (NI UNO), o que el de Mercedes Simón, titulado "Invitación a un paseo por el mundo de las ideas" no sea siquiera, en primer lugar, un proyecto de arquitectura (también MH). Ese postureo "innovador", tan alejado de la innovación, se fomenta desde hace tiempo, aquí y ahora...queramos verlo o no. Y es una pena, porque no dudo que los tres chicos que acabo de nombrar sean individuos excepcionalmente inteligentes o capaces, pero como bien indica José Antonio Marina en "La inteligencia fracasada", citando a Robert Musil, "si la estupidez no tuviera algún parecido que le permitiese pasar por talento, progreso, esperanza o perfeccionamiento, nadie querría ser tonto".

Y así nos va...haciéndonos los listos. Sin serlo.

PD: Los PFC's citados pueden verse en la web de la Biblioteca de la Escuela, en la sección de banco de imágenes.