17 abr. 2011

Resurrecciones

El Sindicato de Arquitectos ha realizado el primer estudio global sobre las condiciones laborales de los profesionales del sector mediante una encuesta a casi dos mil arquitectos, tanto colegiados como no colegiados.

El 32,4% de sus profesionales están en paro, de los cuales tan sólo un 3,1% cobra el subsidio de desempleo. Un 32,87% de estos parados lleva entre uno y tres años en dicha situación. 
La crisis ha enviado al paro sin subsidio a los falsos autónomos: de un 60% de falsos autónomos que existía en 2008 se ha pasado a tan sólo un 25,76% como resultado del alto porcentaje de desempleo.

Pero no se vayan todavía. Aún hay más.

El 30,7% del total de los arquitectos cobra entre los 6.600 y los 15.000 euros brutos anuales y tres de cada cuatro encuestados en activo no llegan al mínimo que establece el convenio nacional existente para oficios equiparables al de Arquitecto. Sólo el 41% de los arquitectos que trabaja por cuenta ajena tienen un contrato laboral legal.

Los datos hablan por sí mismos y no nos pillan desprevenidos. Todos los conocíamos. No hay nada nuevo. Es la confirmación, una vez más, de cuáles han sido las consecuencias de un Tinglado construido desde la ignorancia y la indulgencia. No hay culpables. Todos lo somos. 

Unos por promoverlo, otros por permitirlo, otros por aceptarlo.

Fuimos cuidadosos, detallistas y profesionales para resolver proyectos de arquitectura, pero nos quisimos muy poco a nosotros mismos. Amamos la arquitectura sobre todas las cosas pero vendimos nuestra dignidad a cambio de humo. Nos anticipamos a posibles problemas serios que surgían en las obras para poder ofrecer soluciones antes de que fuera demasiado tarde, pero no fuimos capaces de prever las consecuencias de las decisiones más básicas que tomamos en nuestras vidas laborales.

El sistema educativo y la maquinaria laboral están organizados por los mismos y eso es un problema serio. Es peligroso mezclar estos dos mundos porque al final resulta que aquellos que imparten el conocimiento son los mismos que luego van a obtener beneficios de las lineas educativas que impongan a sus alumnos. Así, el conocimiento como tal pasa a un discreto segundo plano y la universidad deja de ser un lugar donde aprender para convertirse en una fábrica de futura mano de obra moldeada según ciertos intereses empresariales.

El conocimiento bien entendido es el motor del mundo. Pero la mercantilización del conocimiento es un arma muy peligrosa con la que no se debería jugar.

¿Qué mejor que formar un ejército de trabajadores y mercenarios que se conformen con muy poco, que no exijan demasiado, que no cuestionen las condiciones laborales y que estén dispuestos a cualquier cosa con tal de entrar en el mundillo de élites artificiales que les han vendido como 'lo único' desde los púlpitos mediáticos de las Escuelas de Arquitectura? ¿Qué mejor que autogenerar hordas de cazarrecompensas sin escrúpulos capaces de lo que sea con tal de que su nombre aparezca publicado bajo el mediocre título de colaborador?

Decía Ken Robinson: "Una de las cosas que esperamos de la educación es que nos ayude a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Que nos ayude a descubrir nuestros talentos, nuestras destrezas. Y creo que la educación ha fracasado estrepitosamente en ese sentido". No podemos estar más de acuerdo con esta afirmación.

Es la crónica de una muerte anunciada. No podemos echarnos las manos a la cabeza cuando todos sabíamos que nuestro propio castillo estaba construido mal desde la mismísima acta de replanteo. Somos arquitectos, pero el edificio más importante de nuestras vidas tenía los cimientos de barro. Y en cuanto ha llovido un poco más de lo habitual se nos ha venido abajo.

Si seguimos haciendo lo mismo cometeremos los mismos errores. Si continuamos en la misma linea se repetirá la historia. Si construimos igual, repetiremos los desastrosos resultados una y otra vez y todos los edificios que construyamos serán ilusiones que no aguantarán ni siquiera un terremoto de 2,3 grados en la escala Richter.

Pero pese a que la situación no invita a ser optimistas, creemos que todo esto sólo puede ser para bien. Es mejor no tener nada que vivir en una ilusión artificial donde todo el mundo es consciente del problema pero mira hacia otro lado como excusa para no arriesgar. El que lo ha perdido todo deja de tener miedo... y es en ese momento cuando el fracaso, tal y como nos lo han enseñado desde pequeños, deja de tener importancia y se convierte en una opción más dentro de un proceso de prueba, error, riesgo y aprendizaje continuo.

Es el momento de replantearnos todo desde cero y actuar. No importa cuanto tardemos. No importan las equivocaciones, siempre que estas nos ayuden a corregir el rumbo y redirigirnos hacia nuevos destinos. Lo único que importa de verdad es no caer en los mismos errores de nuevo.

Nada ha terminado. Nada ha muerto. Todo es posible.

Estamos en Semana Santa así que parece un momento perfecto para ir pensando en resurrecciones. No hace falta hacerlo al tercer día. Se puede comenzar en este mismo instante.

Es la hora de los valientes.

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